Yo sostengo que la literatura contemporánea está llena de mojigatos. Gente que escribe como si les fuera a leer su madre, su profesora de religión o un algoritmo ofendido de Meta. Poetas de lo correcto. Narradores del afecto tibio. En ese páramo sentimental aparece Marieli Moreno con su nuevo libro como un cóctel molotov en una boda real: Al carajo con el amor fraterno. El sexo es irremplazable. Un título que es, en sí mismo, una declaración de guerra a los lazos de ternura, sin carne, sin jadeo, sin lubricante.
Moreno, a estas alturas, no es una desconocida. Ya nos escupió a la cara verdades incómodas en Soy mujer y a los 70 ya no follo, ¿por qué?, un libro tan necesario como incómodo para esa generación de viejos que fingen que con el ajedrez y el yoga se les pasa el deseo. Ahora, con esta nueva entrega, Marieli arremete contra otra epidemia: el amor fraterno, platónico, idealizado. Ese que uno siente hacia una prima lejana con la que compartió veranos, hacia el compañero de oficina que huele a sándalo y frustración, o hacia una tía soltera que leía a Coelho y a veces te miraba de reojo en la adolescencia. Ese amor que no se concreta, que se enmascara de respeto, que se refugia en la amistad y acaba convertido en gastritis emocional.
Marieli Moreno afirma, con la autoridad de una mujer que ha vivido más que la mayoría ha osado imaginar, que todo ese teatro emocional no es más que miedo. Pánico al escándalo. A romper el barniz social. A admitir que lo que uno quiere no es leerle un poema a la excompañera del cole, sino arrinconarla en el cuarto de las fotocopias. Ella no defiende la promiscuidad como deber, sino el deseo como derecho.
El libro es un ensayo narrativo, pero también una invitación al desahogo. En sus páginas conviven anécdotas personales, apuntes sociológicos y una sarta de escenas que harían sonrojar a los editores de La Sonrisa Vertical. Hay una historia particularmente memorable: un reencuentro en un tanatorio con un amor de juventud. Ambos han enviudado. La conversación empieza con pésames y termina con gemidos en el coche fúnebre. La autora lo describe con un realismo que incomoda y excita a partes iguales. Nada de flores ni lunas llenas: sexo entre adultos mayores que se niegan a morir sin haberse comido, literalmente, un buen polvo.
Otro momento sublime ocurre en el capítulo titulado “De cómo convertí el amor fraterno en una orgía de sinceridad”. Allí, Marieli narra un almuerzo de antiguos alumnos del bachillerato. El ambiente es anodino hasta que ella decide romper el hielo diciendo: “¿A quién no le habría gustado follarse a alguien de esta mesa?” El silencio que sigue dura quince segundos. Luego viene la confesión, las miradas, las manos que se deslizan bajo el mantel. Y el almuerzo termina en una bacanal donde los años, los complejos y las alianzas matrimoniales quedan olvidadas entre los restos del vino y los suspiros entrecortados. Porque, como insiste Moreno, lo peor no es no haber amado: es no haberse atrevido a convertir ese amor en piel.
El corazón del libro es una crítica feroz —y profundamente lúcida— a la tiranía de lo políticamente correcto. Ese universo donde el deseo tiene que ir con corbata, pedir permiso y dejar constancia por escrito. Marieli lo desprecia. Lo detesta. Lo dinamita con frases como: “El consentimiento no es un formulario, es un temblor compartido.” Para ella, el deseo es salvaje, imprevisible, y cuando lo domamos con reglamentos y protocolos, lo matamos. Nos convertimos en funcionarios del afecto. En burócratas del orgasmo.
También hay espacio para la reflexión antropológica. Moreno defiende que las sociedades que reprimen el deseo producen neurosis. Y la nuestra —afirma sin rubor— es una fábrica de frustraciones: padres ejemplares que buscan consuelo en el porno, madres entregadas que fantasean con el repartidor, adolescentes hormonados a los que se les prohíbe hasta mirar con deseo. “Estamos criando una generación de traumatizados sexuales con la misma naturalidad con que criamos gallinas en jaulas”, sentencia.
Al carajo con el amor fraterno no es una apología del sexo sin consecuencias, sino un grito contra la hipocresía. Contra la idea de que el deseo es algo que debe esconderse, diluirse o sublimarse en canciones de Sabina. Marieli Moreno nos recuerda que no todo debe convertirse en familia, en ternura, en amistad espiritual. Que hay atracciones que no deben civilizarse. Que a veces no hay que preguntar “¿me quieres?” sino “¿dónde te gusta que te bese primero?”.
El estilo del libro es descarado, vibrante y profundamente honesto. No hay metáforas empalagosas. Cada frase parece escrita con una copa de vino en la mano y el corazón abierto en canal. Se lee con una mezcla de risa, excitación y vergüenza propia. Como si uno espiara por la cerradura de una habitación prohibida… y no quisiera irse jamás.
En definitiva, Marieli Moreno ha escrito un manifiesto libertino en tiempos de puritanismo 2.0. Un homenaje a la carne, al deseo maduro, al sexo sin coartadas. Y lo hace con la alegría de quien ha descubierto que la revolución no empieza en las plazas, sino entre las sábanas.
Yo sostengo que si no nos atrevemos a reivindicar el sexo como una forma de libertad, acabaremos confundiendo el amor con un gesto de cortesía, el deseo con un delito, y la vida con una sucesión de excusas. Y eso sí que no tiene perdón de Dios.
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