domingo 11 octubre, 2026

Cuando el civismo choca con la soberbia.

Reflexiones de un episodio cualquiera del malentendido empoderamiento

Un lunes cualquiera no sabes qué hora es, en un barrio cualquiera de cualquier ciudad, observamos una escena cotidiana, donde el ruido de los coches se mezcla con las prisas y el estrés, ocurre un incidente que, a primera vista, podría parecer trivial. Sin embargo, al observarlo con atención, con una mirada más reflexiva, revela una compleja trama de valores extraviados, actitudes equivocadas y el mal uso de ideas que deberían servir para construir una convivencia más justa.

Una mujer de unos 30 años, la edad no es relevante, o quizás sí, maniobraba un utilitario blanco en busca de aparcamiento. Algo, por otro lado, muy codiciado a esas horas por ese barrio. Encontró un espacio amplio, lo bastante grande como para albergar dos coches si la pericia y el sentido común se daban la mano. Sin embargo, al detener su vehículo, lo deja de tal forma que su automóvil ocupaba todo el espacio, imposibilitando a otros poder aparcar a su lado, desperdiciando la oportunidad de compartir ese bien escaso que es el aparcamiento en la ciudad.

Un joven de unos 25 años aguardaba pacientemente en otro coche. Al percatarse de la disposición ineficiente, bajó la ventanilla de su vehículo y con tono razonablemente amable, ese tono que nace del respeto por el otro y por las normas no escritas de la buena vecindad, le propuso que, con una sencilla corrección de su maniobra, ambos podrían aparcar.

Lo que podría haber sido un breve y cordial intercambio, degeneró en un desencuentro inesperado. La mujer, con una actitud displicente y altanera, se negó rotundamente a mover el coche. Sus palabras, impregnadas de una sorprendente soberbia, marcaban una frontera inquebrantable: no tenía intención alguna de facilitarle el aparcamiento a ese extraño, aunque ello le costara un mínimo esfuerzo.

El joven, sin perder la compostura, insistió en su petición, apelando al sentido común y al beneficio mutuo, un valor que parece en decadencia en los tiempos que corren. Fue entonces cuando la actitud de la conductora se tornó aún más chulesca. En un giro tan teatral como provocador y con gesto desafiante, le lanzó un beso, coronando el acto con una expresión de superioridad y burla. Claramente el gesto no buscaba el acercamiento, sino la distancia con el interlocutor, como quien se burla de la cortesía ajena para reafirmar un aparente dominio de la situación.

El joven, al observar el gestó, subió un par de decibelios su tono de voz, pero sin perder la compostura replicó con un «incívica», la reprochable y altanera actitud. Una palabra que vaya usted como resonaría en esa mujer, quien lejos de recapacitar, optó por la amenaza y espetó una advertencia de denuncia por «agresión machista», invocando un concepto que, en su boca, se convertía en arma arrojadiza.

Este episodio, que podría haber sido un simple desencuentro urbano, pone de manifiesto un fenómeno más profundo: el abuso de ciertas nociones vinculadas al feminismo, pero no en exclusiva. Cuando en ocasiones, lejos de ser utilizadas como herramientas de acercamiento y convivencia, son esgrimidas para hacer valer otras posturas, que nada o poco tienen que ver con su concepción original y que las hacen un flaco favor. Conceptos que nacieron para corregir injusticias y abrir camino a la equidad, se ven en ocasiones secuestrados por actitudes que, lejos de honrar esos ideales, los desvirtúan y los convierten en coartadas de la prepotencia.

La mujer de nuestro relato, al amenazar con una denuncia sin fundamento, no defendía los valores del feminismo, sino que los instrumentalizaba para blindar una actitud egoísta. En lugar de promover el respeto mutuo, convertía el lenguaje del empoderamiento en un escudo que justificaba su falta de consideración hacia los demás.

El verdadero empoderamiento no consiste en imponer la propia voluntad por encima de los derechos o la dignidad del otro, sino en ejercer la autonomía personal de forma responsable y solidaria. El feminismo auténtico no propugna superioridades morales ni legitima la grosería o el abuso; es un proyecto ético de igualdad y respeto que, para ser creíble y efectivo, exige coherencia entre el discurso y las acciones.

El joven del relato, con su paciencia y su respeto inicial, encarnaba los valores de un civismo que se ve hoy demasiadas veces arrinconado por el culto al yo, mi, me consigo, al capricho, al «hago lo que quiero porque puedo». Su intento de diálogo y cooperación chocó, tristemente, con un muro de soberbia disfrazada de reivindicación.

El caso narrado es apenas un botón de muestra de una patología social más amplia. Vivimos tiempos en los que las banderas de causas nobles corren el riesgo de ser utilizadas como pretextos para la intolerancia o el abuso. No es el feminismo el que está en cuestión aquí, sino su caricatura; no el empoderamiento, sino su parodia incívica. Por ello, episodios como este nos deberían interpelar a todos. Nos recuerdan que la convivencia se construye desde la generosidad y el respeto, no desde la prepotencia ni desde el uso torticero de los ideales. Y nos exhortan a recuperar el sentido profundo de las palabras que importan. Solo así podremos edificar una sociedad donde los gestos cotidianos, como compartir un espacio de aparcamiento, dejen de ser motivo de confrontación y se conviertan en pequeñas victorias del respeto mutuo.

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