sábado 24 octubre, 2026

La mentira política: del 11-M a la crisis de Ceuta

Cuando la información pública se administra como un recurso electoral o diplomático, la confianza democrática paga el precio.

Mentir en política no consiste únicamente en pronunciar una falsedad consciente. También puede adoptar la forma de ocultar hechos relevantes, presentar como certeza una hipótesis todavía no comprobada o mantener una versión oficial después de que hayan aparecido indicios sólidos que la contradicen. Su gravedad es especial porque quien gobierna dispone de información, autoridad institucional y una capacidad de difusión muy superiores a las del ciudadano. La falsedad política no solo intenta convencer: puede crear durante horas o días una realidad aparente y condicionar decisiones colectivas.

El precedente del 11-M

El 11 de marzo de 2004, diez explosiones en cuatro trenes de Cercanías de Madrid causaron una matanza a tres días de las elecciones generales. En las primeras horas, dirigentes de distintos partidos atribuyeron el atentado a ETA. El Gobierno de José María Aznar convirtió pronto esa hipótesis en una afirmación categórica, mientras la investigación empezaba a aportar indicios de terrorismo yihadista. La información disponible evolucionó; la comunicación oficial, sin embargo, tardó en hacerlo con la misma claridad.

La cercanía de las urnas convirtió la gestión informativa en una cuestión política de primer orden. La autoría de ETA podía reforzar el relato del Partido Popular sobre su política antiterrorista; una autoría yihadista podía reabrir, en cambio, el debate sobre la participación española en la guerra de Irak. Es razonable analizar ese incentivo electoral, pero conviene no confundir una interpretación sobre los motivos con un hecho probado. Lo verificable es la insistencia gubernamental inicial en ETA y el creciente desfase entre ese relato y los datos que conducían hacia una célula yihadista, sin vínculos con la organización terrorista vasca.

Ceuta: negación, prudencia o encubrimiento

La comparación reaparece en la crisis fronteriza de Ceuta. Pedro Sánchez negó reiteradamente que existiera información de las fuerzas de seguridad o de los servicios de inteligencia que acreditase la participación de las autoridades marroquíes en la entrada masiva. Posteriormente, un informe policial describió una operación coordinada y planificada, la total permisividad de los gendarmes marroquíes y actuaciones de agentes que habrían guiado activamente algunos cruces. El propio informe, según las informaciones publicadas, no atribuye la responsabilidad intelectual a un gobierno o persona concretos.

Ese matiz es decisivo. La crítica más sólida no necesita afirmar más de lo que permiten las pruebas. La cuestión parlamentaria es si el presidente desconocía esos datos cuando habló, si los conocía de forma parcial o si eligió una formulación que protegía la relación diplomática con Marruecos. Si existían alertas o informes incompatibles con una negación rotunda, estaríamos ante una ocultación grave; si todavía no habían llegado a su conocimiento, el problema sería de coordinación institucional y de exceso de certeza. En ambos supuestos, el Congreso merece una cronología documental completa.

Dos episodios, una misma exigencia

Los dos episodios no son idénticos. El 11-M fue una masacre terrorista ocurrida en vísperas electorales, con víctimas mortales causadas por una acción criminal deliberada; Ceuta es una crisis fronteriza, humanitaria y de soberanía, en la que también hubo personas fallecidas, muchas de ellas ahogadas mientras intentaban alcanzar las playas españolas. No son equivalentes ni las causas, ni el grado de certeza disponible, ni las responsabilidades. Sí comparten, no obstante, una pregunta democrática: ¿puede el Gobierno seleccionar, retrasar o categorizar la información pública según su conveniencia política?

Hay además una ausencia política especialmente significativa: en ninguno de los dos momentos se produjo de inmediato una reunión formal entre el presidente del Gobierno y el jefe de la principal oposición. José María Aznar no convocó a José Luis Rodríguez Zapatero durante las horas críticas posteriores al 11-M; Pedro Sánchez tampoco reunió a Alberto Núñez Feijóo para abordar conjuntamente la crisis de Ceuta. En episodios de semejante gravedad, una interlocución directa no habría sido una cortesía protocolaria, sino una obligación democrática: compartir la información disponible, acordar una respuesta institucional firme y ofrecer al país una imagen de unidad compatible con el control parlamentario y la discrepancia política.

La respuesta debe ser negativa. En una democracia, la prudencia obliga a distinguir entre indicios, hipótesis y hechos probados; no autoriza a presentar una versión interesada como certeza. Cuanto mayor es la incertidumbre y más dolorosas son las consecuencias humanas, mayor debe ser la transparencia sobre lo que se sabe, lo que se desconoce y cuándo se conoció. La rendición de cuentas exige documentos, secuencias temporales, explicaciones contrastables y un cauce estable de diálogo con la oposición, no consignas.

La confianza, verdadero campo de batalla

La mentira política obtiene a veces una ventaja inmediata, pero deja una factura duradera: ciudadanos que terminan desconfiando incluso de la información verdadera. Por eso, la lección común del 11-M y de Ceuta no debería reducirse a decidir qué partido mintió más, sino a recordar que hay momentos en los que la política desborda los límites de la gestión ordinaria y alcanza el corazón mismo de los intereses del Estado. Cuando la vida humana, la seguridad, la soberanía o la convivencia están en juego, gobernar exige algo más que administrar el poder: exige compartir la verdad disponible, escuchar al adversario y construir una respuesta común.

Sostener y reforzar una democracia colaborativa no significa borrar las diferencias ni silenciar a la oposición. Significa comprender que, ante lo excepcional, nadie puede apropiarse en solitario de la razón, del dolor o del país. España necesita instituciones capaces de levantar puentes cuando todo empuja a cavar trincheras; dirigentes dispuestos a servir antes que, a prevalecer, y a proteger el interés general antes que su parcela de poder. Porque una democracia se debilita cuando cada tragedia se convierte en munición partidista, pero se hace más digna y más fuerte cuando, en la hora difícil, quienes representan a los ciudadanos son capaces de mirarse de frente, decirse la verdad y caminar juntos.

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