Las razones invocadas para proceder a su destitución tienen una sonoridad tan familiar como temible en el seno de las estructuras de poder. El Diario del Ejército Popular de Liberación, en su edición del 25 de enero, le acusaba –junto al jefe de coordinación de los ejércitos en el Estado Mayor, Liu Zhenli, igualmente detenido – de “haber violado y pisoteado gravemente el sistema por el que responsabilidad suprema recae en el presidente de la comisión”. En otras palabras, desafiar la autoridad de Xi-Jinping. Hay que decir que las purgas en el seno del ejército constituyen una práctica permanente… y a gran escala, bajo la acusación regular de corrupción. En octubre de 2025, fueron arrestados bajo ese epígrafe ocho de los generales más destacados del EPL. A lo largo de ese año, nada menos que 983.000 oficiales fueron objeto de sanciones disciplinarias. Y la amenaza planea sobre la cabeza de todos los que están por debajo del líder supremo. “Roma no se hizo en un día – reza el diario del ejército—. Suprimir la corrupción exige tiempo y esfuerzos. Cuanto más se escarba, mayor dureza se encuentra”.
Ante semejante descabezamiento de la cúpula militar, la perplejidad y el asombro se han extendido entre los analistas. En particular, por lo que respecta a los planes de Xi-Jinping acerca de Taiwán. Drew Thompson, antiguo responsable de las relaciones del Pentágono con China, consideraba al general caído en desgracia como un factor de moderación frente a la exaltación nacionalista y a la ambición de Xi-Jinping de pasar a la historia como el conquistador de la isla y unificador del país. Podría ser cierto. Es probable que la propia experiencia de Zhang Youxia y su seguimiento de la guerra de Ucrania – que Putin se planteó como una operación relámpago y que ya va para cuatro años – le incitaran a la prudencia, viendo que el ejército chino, a pesar de sus colosales dimensiones, dista aún mucho de estar preparado para acometer una empresa militar de tan alto riesgo. En ese sentido, la inquietud de quienes intentan descifrar la caja negra china es comprensible. ¿Qué consecuencias tendrá esa purga? ¿Serán sustituidos los mandos más competentes por otros más mediocres y serviles hacia el todopoderoso presidente? ¿Puede todo ello derivar en una aventura desestabilizadora? La historia conoce los precedentes de otros regímenes burocráticos, fuertemente jerarquizados. En un sentido opuesto, en el marco del pacto germano-soviético que abrió las puertas a la Segunda Guerra Mundial, Stalin procedió a una purga inmisericorde de los más brillantes cuadros del Ejército Rojo. Las repúblicas soviéticas pagaron muy cara esa sangría de talento militar cuando Hitler se abalanzó sobre la URSS. La paranoia, inherente a un régimen que concentra todo el poder en un solo hombre, lleva a desconfiar de todo y de todos, requiere “desenmascarar” regularmente conspiraciones – reales o imaginarias – que surgen por doquier, instaurando una atmósfera de incertidumbre y temor generalizados en el conjunto del gigantesco aparato estatal… Y eso comporta, es cierto, el riesgo de crisis explosivas y de peligrosas fugas hacia adelante.
En cuanto a la acusación de corrupción… se trata, por supuesto, de un mantra usado sistemáticamente contra los sentenciados. Pero que, más que carecer de base real, representa una realidad tan extendida en el seno de la burocracia que puede sacarse a relucir cuando convenga con mayor o menor verosimilitud. El propio general Zhang dirigió hasta 2017 el departamento encargado de desarrollar el equipamiento militar, un ámbito propicio a la corrupción. Ahí se manejan grandes presupuestos y enormes contratos con los productores de armamento. Desde 2023, no menos de sesenta altos mandos de la industria de defensa han sido investigados. Y los sobresaltos provocados por las purgas tienen un impacto directo sobre la industria bélica, sobre su producción y sus pedidos.
El desconcierto de los sinólogos ante esta crisis procede de la dificultad para entender la naturaleza del régimen burocrático y su evolución a partir de su apertura al capitalismo en el marco de la globalización. China ha conocido en las últimas décadas un crecimiento económico y tecnológico prodigioso. Millones de campesinos se convirtieron en la mano de obra que levantó inmensas y modernas urbes industriales. Bajo el férreo control del Partido, China jugó sus cartas: pasó de ser la fábrica del mundo a desarrollar una producción propia, innovadora, puntera y competitiva en todos los dominios, incluidas las tecnologías más avanzadas y la propia inteligencia artificial. Hasta el punto de postularse como una gran potencia mundial, amenazando a la hegemonía americana. Pero el modelo chino, que ha combinado el empuje propio del capitalismo con el potencial de un Estado “planificador” que propicia y tutela su impetuoso desarrollo, contiene explosivas contradicciones que tarde o temprano saldrán a la luz. Contradicciones de clase. Ese modelo ha generado una capa de magnates y ricos “comunistas”, cuya posición social está adosada al poder burocrático pero que, a término, no puede sino empujarles a querer emanciparse de él. También ha generado una amplia clase media, de cuyo conformismo depende en gran medida la estabilidad del régimen. No hay libertad, pero sí un cierto nivel de vida. Esa parece ser la piedra filosofal de la eterna gobernanza que no pocos admiradores occidentales han descubierto en China. Confucio y el PC habrían formateado un pueblo dócil y disciplinado. Eso, desde luego, está por ver. Las crisis, inherentes al capitalismo, afectarán a China y sacudirán esa estabilidad. La quiebra de la promotora inmobiliaria Evergrande, la mayor del país, en proceso de liquidación, con una deuda superior a los 300.000 millones de dólares y que ha dejado miles de proyectos inacabados, constituye toda una advertencia de la incertidumbre que pesa sobre las aspiraciones de las clases medias. Por no hablar del potencial que representan las concentraciones de trabajadores industriales, un proletariado relativamente joven, en las grandes urbes surgidas de la nada.
El régimen chino, totalitario, comprime todas esas contradicciones por la fuerza. El aplastamiento de la revuelta democrática de Tian An Men en 1989 selló la opción del poder burocrático, decidido a mantenerse contra cualquier veleidad liberal. El final abrupto de la URSS aterrorizó a Pekín. Allí no habría “perestroika”. Pero la aparente fortaleza del régimen enmascara una tremenda inestabilidad congénita. En ausencia de una sociedad civil donde puedan expresarse los conflictos sociales, estos se trasladan al seno de la maquinaria burocrática, encuentran en sus filas una expresión torpe y deformada, pero tanto más desestabilizadora. La corrupción lleva la impronta de la aspiración a devenir una clase poseedora. Las luchas de facciones dentro del aparato gubernamental hacen eco a los deseos de estabilidad de quienes querrían consolidar sus privilegios sociales, chocan con la implacable lógica totalitaria de mantener la disciplina mediante el terror represivo, propician tensiones, situaciones críticas… quizás aventuras militares. Tras su fastuosa fachada, el régimen chino es todo menos estable. Se debe a la purga permanente para mantener el poderío de su maquinaria estatal. Alguien escribió que “las leyes de la historia” – es decir, el desarrollo vivo de una lucha de clases que no tolera interrupciones– son más fuertes que los aparatos burocráticos. China lo verificará un día para asombro del mundo entero.
Lluís Rabell
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