jueves 13 agosto, 2026

Que el bigote de Tejero nunca crezca en el cráneo de la gente sensata.

“No sé qué tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia y al honrado desvergüenza”.

Benito Pérez Galdós (Gerona. Episodios Nacionales)

Este cuarenta y cinco aniversario del intento de Golpe de Estado del 23-F ha venido marcado por algo más que la conmemoración de aquellos hechos. Han coincidido con el fallecimiento de su indeseado protagonista, el ex teniente coronel Antonio Tejero, y la decisión del Gobierno de España de aprobar el levantamiento de la confidencialidad, y la desclasificación, de los documentos secretos.

Era febrero de 1981, y se votaba la investidura del candidato a la Presidencia del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, tras la entonces inesperada dimisión de Adolfo Suarez. Aquellos hechos marcaron un tiempo difícil, aún en el tránsito entre la Dictadura y la Democracia.

A toda España se le encogió el corazón esa tarde en que Tejero entró en el Congreso de los Diputados, pistola en mano, y Milans del Bosch mandó sacar los carros de combate a las calles de Valencia.

He de confesar que cuando el entonces el Rey Juan Carlos salió en Televisión reafirmando su compromiso con la Constitución y el Estado de derecho, me fui tranquilo a la cama, tal y como hicieron muchísimos españoles a los que el día y la noche les había llenado de desasosiego. Siempre quedó claro, aunque se haya querido mermar la importancia de aquella intervención, que fue decisiva para que la joven democracia no feneciese.

Afortunadamente triunfó la democracia, y la respuesta unánime de toda la sociedad en las masivas manifestaciones que tuvieron lugar por toda España. Recuerdo como inmensa la de Madrid, celebrada el día 27, perdido en un océano de personas, que concitó a pesar de la lluvia, la presencia de un millón y medio de ciudadanos de toda clase y condición, convencidos de que la democracia no podía volver a ser, nunca más, un paréntesis en nuestra historia. Defender la democracia y la libertad fue un grito unánime de la ciudadanía y de las fuerzas políticas más representativas.

 Cuarenta y cinco años después, el Gobierno desclasificó los documentos relacionados con aquellos sucesos, añadiendo claridad a los hechos entonces sucedidos. Y aunque prácticamente todo se conoce al respecto, el despejar dudas ha venido bien al conocimiento de nuestra historia reciente, aún a pesar de los escépticos.

 Es difícil entender la absurda reacción del PP y VOX contra esta decisión, salvo que les cueste asumir, a unos más que a otros, el compromiso de la derecha de entonces con la democracia y la Constitución. Luego, paradójicamente, resultó que Feijoo utilizó los papeles revelados para reivindicar la vuelta a España del Rey Emérito. Y es que las contradicciones de Feijoo se pueden también medir por la manía de oponerse a cuanto diga o proponga Sánchez, sin reparar en ninguna otra lógica que no sea su obcecación por cuestionarle legitimidad.

En aquel tiempo la inmensa mayoría de ciudadanos y ciudadanas optaron por defender la nueva forma de convivencia que habíamos convenido a través de la nueva Constitución, que en estos días se ha convertido en la más duradera de cuantas ha tenido nuestro país. Con ella apostamos por el futuro, el progreso y la transformación que España ha experimentado en los años transcurrido desde entonces, la más importante sucedida en nuestra Historia.

El 23 F nos vacunó contra el autoritarismo, la intransigencia, la intolerancia y las dictaduras, que ya habíamos padecido hasta 1975. Esta vacuna nos ha durado los más de cuarenta años.

Lo lamentable es que desde hace algún tiempo, el bigote de Tejero crece en el cráneo autoritario de algunos ideólogos y dirigentes políticos, nostálgicos del pasado, como si el futuro de nuestro país estuviese condenado cual mito de Sisífo, metáfora del absurdo existencial, ciclo inacabable de repetición de los conflictos políticos, económicos o sociales en nuestra amada España.

España, a veces parece un Estado donde los esfuerzos parecen inútiles, cayendo la piedra una y otra vez para sumirnos en el estancamiento regresivo y perpetuo, propio de quienes son ajenos a la vida, a la evolución, al avance, a la democracia participativa y a una concepción dinámica, abierta y libre del individuo y la sociedad.

La carcundia no debiera tener espacio en la mente de ningún demócrata, ni en el futuro de nuestro país. No podemos seguir condenados a padecer, eternamente, el mito de Sisifo, por lo que es exigible a nuestros políticos, y a la sociedad en general, esforzarse en escuchar y atender las demandas sociales, para que sean las políticas de libertad, democracia y tolerancia las que sigan triunfando, y huir de la de la concepción política artera que penetra, subrepticiamente y cual virus tóxico, a través de las redes sociales.

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