miércoles 22 julio, 2026

LA IZQUIERDA DA LA VUELTA A ESPAÑA

Los incidentes que han tenido lugar a lo largo de la vuelta ciclista a España 2025 no tienen una explicación sencilla, aunque pudiera parecerlo. Una primera y apresurada sería esta: Impresionados por el espectáculo de ruina, muerte y destrucción que está teniendo lugar en la franja de Gaza, a manos de la Fuerza de Defensa de Israel, la gente -numerosa pero sin exagerar-, cientos de manifestantes airados han tratado de boicotear la carrera, lográndolo en su etapa final. El motivo: la participación del equipo Israel Premier Tech, apadrinado por un millonario canadiense cercano a Netanyahu, que contaba con un solo corredor de nacionalidad israelí.

 Los incidentes comenzaron en Galicia, tomaron decisivo impulso en Bilbao y terminaron por impedir su recorrido por Madrid, entre pedradas y vallas volcadas. Llama la atención los procedimientos de lucha empleados, buena organización, concentración en puntos estratégicos, muy parecidos a los de la kale borroka. Al cabo, los extremos -en Madrid y Bilbao- se tocan.

 No será aventurado, me parece, concluir que en las manifestaciones ha tenido un papel preponderante la izquierda, la extrema y la no tan extrema, es difícil diferenciarlas a estas alturas, con mención especial al separatismo. En resumen: una renovada mayoría de investidura callejera. Estreleiras e ikurriñas acompañaron a la bandera palestina en Galicia y el País Vasco. En el resto no hubo otra exhibición que la enseña palestina, acompañada de pancartas. La indignación la ira de los manifestantes ha sido tanta que no sabían muy bien cómo y a quién dirigirla. Embargo de armas, reclamaban algunos, como si España pudiera suministrar algo decisivo en las operaciones bélicas. Paremos el genocidio, huelga ya, decían otros. ¿Contra quién? Alguna pancarta madrileña llamaba genocida al alcalde y a la presidenta de Madrid, como si tuvieran parte en los bombardeos excesivos, como si pudieran influir en la marcha del conflicto. La amenaza posterior del Consejo de RTVE, donde la izquierda tiene una abrumadora mayoría, de condicionar la participación en Eurovisión a la exclusión de Israel, ha cerrado por el momento este maremágnum de reproches y amenazas que han hecho temblar al mundo de la canción ligera europea.

Recordaba este despliegue callejero algunas escenas vividas hace años. Era en 1977, recién iniciada la transición en España. Un alud de banderas bicrucíferas, novedosas por entonces, acompañaron las etapas vascas de la prueba ciclista. La vuelta de la banderas se nombró a aquella gesta. El año siguiente, el trayecto se hizo imposible. A pesar de la afición ciclista de muchos vascos, a pesar de que el KAS – una marca de refrescos- era un equipo vitoriano de campanillas, a pesar de que un periódico de Bilbao, El Diario español-El Pueblo Vasco, fue patrocinador del evento, la vuelta era algo – ¿cómo decir? – extranjero, ajeno al espíritu de Euskal Herria; era necesario acabar con la incómoda vecindad española. Hubo amenazas de bomba. ETA declaró la guerra a la vuelta, dedicándose a sembrar el asfalto de tachuelas -como ahora sus tardíos discípulos- y la vuelta dejo de frecuentar la tierra vascongada hasta treinta años después. ¿Cuánto ha tenido que ver el fervor nacionalista, encabezado por bloqueiros y batasunos, en esta exaltación de otro nacionalismo lejano, poco o nada conocido, el palestino?

Ha pesado, naturalmente, la tradición pro árabe, que ha ocupado, desde Franco hasta Zapatero, un espacio importante en la política exterior española.  Más que ocupar un lugar, sería mejor decir llenar un vacío, porque España carece de una política exterior coherente. Entre los escasos, contadísimos, dirigentes extranjeros que visitaron al Caudillo figuran el rey Saud, de Arabia; el raïs egipcio. Gamal Abdel Nasser y el rey Abdulá de Jordania. La propaganda franquista solía, de forma repetitiva, referirse a nuestra “tradicional amistad con los países árabes”, aunque treinta años de combates sangrientos en el Rif desmintieran esa amistad. Pero insistir en ella de forma machacona, blasonar de visitas enturbantadas, era una manera de disimular el aislamiento internacional. Franco tenía el vicio antisemita. Era, más que nada, una obsesión, compatible con el apoyo que parte del cuerpo diplomático español prestó a los judíos de origen sefardí. Creía que masones y judíos, juntamente con los comunistas, eran una especie de flagelo mundial. ¿Cuántos de estos recuerdos, soterrados o no, han pesado en los acontecimientos actuales? Los manifestantes de ahora tampoco se privan -los extremos vuelven a tocarse-, de ese vicio feo y mortífero. Corear la reivindicación del nacionalismo palestino radical y terrorista-desde el rio hasta el mar- es decir, proclamar el objetivo de la eliminación de Israel, es antisemitismo. Disimúlese como se quiera. Antisemitismo de la peor especie.

Tentado con el no alineamiento de España, todavía en plena guerra fría, Adolfo Suárez se fotografió abrazándose con Arafat. Fue en 1979. El presidente español fue el primero en recibir al líder palestino en el palacio de la Moncloa, cuando occidente consideraba a la OLP como grupo terrorista. Arafat elogió entonces la postura de Suárez al desconocer la existencia de Israel.  Un reconocimiento oficial que fue aplazado hasta 1986. Felipe González dijo que la decisión no era asunto de política, sino un “reto histórico”. Un reto acaso pendiente todavía.

Al fin y al cabo, acabó prevaleciendo esa amistad tan poco tradicional con el mundo árabe, reafirmada por Zapatero durante su mandato con la llamada “alianza de civilizaciones”, destinada a unir a occidente con el mundo árabe y musulmán, que hoy prosigue su discípulo Pedro Sánchez, con esa cordialidad que derrama entre abrazos y elogios recíprocos con el mandatario de Turquía, Recep Tayip Erdogan, sin que importe la inclinación liberticida del personaje y su tendencia a encarcelar opositores. Si fue moda, en los noventa, hablar del choque de civilizaciones descrito por el politólogo americano Samuel Huntington, allí estaban los socialistas españoles para demostrar que la amistad con los árabes y musulmanes volvía a ser una política de estado. Sin reparar, por cierto, que las civilizaciones son una cosa muy compleja, que son los estados con intereses comunes los que son susceptibles de aliarse y no las civilizaciones.  Y así, de abrazo en abrazo, hasta llegar al reconocimiento verbal de Palestina, una entidad estatal inexistente y probablemente imposible, tanto es el odio y la hostilidad acumulada.

El sentimiento pacifista, la enemiga a las guerras, sean justas o injustas, defensivas u ofensivas, la animadversión a las armas y a los ejércitos, ha estado sin duda presente en las protestas últimas. Un rechazo a la guerra y a los ejércitos regulares que, en ocasiones, puede ser compatible con la aprobación de la violencia. Desde la Transición hasta el presente, las convocatorias pacifistas, antimilitaristas, han tenido siempre un eco importante en la opinión. Desde el OTAN no, bases fuera, pasando por el No a la guerra de Irak, hasta llegar la protesta filo palestina puede establecerse una continuidad. Incluso ha llegado a editarse algún libro disparatado sobre el pacifismo español, entre 1808 y la guerra de Irak, como si el pacifismo fuera una corriente subterránea de la historia española. Como si la historia española, jalonada por tres sangrientas guerras civiles en el XIX y otra más sangrienta y atroz en el XX, no hubieran tenido lugar.  Es cierto que, desde la guerra con los Estados Unidos en 1898, España no ha conocido una guerra exterior -aparte el chispazo de Sidi Ifni, 1957-58- y ello ha podido influir en el arraigo de ese sentimiento tan noble como imprudente en tantas ocasiones, tan provinciano en el fondo, como si las guerras pasadas y actuales, como la agresión de  Rusia a Ucrania, nada tuviera que ver con nosotros, y el rearme ante el amenazador imperialismo ruso fuera una añagaza de los americanos para seguir comerciando con la guerra.

El pacifismo suele ir acompañado del antiamericanismo. Ambas características suelen, de tiempo atrás, adornar la mentalidad de buena parte de la izquierda española. Un antiamericanismo que se manifiesta históricamente en una concepción simplista de los Estados Unidos, como nación sin gracia, elemental, muy hábil en la parte material pero incapaz de sostener -como los europeos- valores superiores. La carne y el espíritu.  Un continente sin contenido, solía decir José Bergamín, citando a García Lorca. Cultura europea, dicen los aislacionistas propios, como si América no fuera hija de Europa; como si el cine de Hollywood, vamos a decir, no fuera una glosa constante de los mitos europeos, Una nación poderosa en lo militar y en lo económico, pero insulsa. Más aún, propensa al empleo de la violencia, como atestiguan el uso de armas de fuego, las masacres producidas por fanáticos y las guerras en las que ha participado (algunas para liberar de la tiranía fascista al continente europeo). La elección de Trump no ha hecho sino agudizar este complejo antiamericano.

Tenemos hasta ahora un cóctel formado por nacionalismos étnicos -susceptibles de simpatizar con Hamás-, arabismo teórico, pacifismos tan nobles como ciegos ante el peligro evidente y antiamericanismo. Y tenemos también el deseo de Pedro Sánchez de aprovechar la corriente para lograr el objetivo más importante de su vida, que es conservar el poder.

Nadie puede discutir a este político el don de la oportunidad. Sánchez se ha dado cuenta de que tomar partido apasionado en el conflicto israelo-palestino tenía consecuencias en la política española. Abrazar con ardor la causa palestina, sin distinguir muy bien entre sus distintos componentes, sin hacer ascos a la intolerancia religiosa, podría contribuir a unir a una mayoría parlamentaria precaria. Era susceptible, asimismo, de colocar a la derecha tímida ante una disyuntiva, falsa pero eficaz: ¿están ustedes a favor de la matanza o están del lado del débil y oprimido? El presidente ha sido capaz de lanzar un gesto insólito en un gobernante: el de comprender, elogiar y amparar de manera explícita a unos manifestantes nada pacíficos, capaces de tronchar árboles, de acosar a los ciclistas y volcar obstáculos en la vía pública.  La puja establecida entre las diferentes ramas de la izquierda ha rematado el disparate. Un gobierno que invita al caos, ya existente de por sí, con tal de seguir en el poder; un gobierno incapaz de garantizar el orden público y el normal desarrollo de una prueba deportiva; un gobierno que toma el todo -una nación, Israel, bastante baqueteada por la historia-,  por la parte -un gobierno extremista que, seguramente, está cometiendo crímenes de guerra-; pero una nación que, pese a todos los pesares, se parece más al occidente europeo que a rivales regionales o a movimientos irregulares que buscan su desaparición. Convertir a Madrid en la tumba del sionismo, pidieron algunos irresponsables. Olvidaron decir, al remedar el lema épico de la guerra civil del 36, que ahora se trataba de llevarlo a la práctica contando con el impulso y el amparo de las autoridades, sin riesgo alguno para los nuevos milicianos. El día de la ira era gratis.

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