Durante décadas se creyó que la religión desaparecería del centro de la política internacional. Sin embargo, las guerras del siglo XXI están demostrando lo contrario: las narrativas religiosas no solo han sobrevivido a la modernidad, sino que vuelven a influir en la forma en que los Estados interpretan, legitiman y libran sus conflictos.
El 7 de marzo de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una operación militar conjunta contra Irán denominada “Furia Épica” (Epic Fury), que tuvo como consecuencia la muerte del ayatolá Alí Jamenei. El presidente Donald Trump anunció la ofensiva mediante un discurso que combinaba lenguaje militar con una retórica de tono casi redentor, prometiendo bombardeos «ininterrumpidos» hasta lograr lo que describió como la paz en Oriente Próximo e incluso en el mundo.
Pocos días después del inicio de los ataques, la organización estadounidense Military Religious Freedom Foundation (MRFF) informó de haber recibido más de un centenar de denuncias procedentes de militares destinados en distintas bases del país. Según estos testimonios, algunos comandantes habrían citado pasajes del Libro del Apocalipsis para explicar a sus tropas el significado del conflicto, presentándolo como parte de un plan divino vinculado al Armagedón y al eventual regreso de Cristo.
Las denuncias reflejan la preocupación de parte del personal militar por la posible confusión entre convicciones religiosas personales y el ejercicio de la cadena de mando, algo que, según los propios denunciantes, podría afectar tanto a la cohesión de las unidades como al principio constitucional de neutralidad religiosa de las fuerzas armadas estadounidenses.
Más allá de la veracidad concreta de cada testimonio, el episodio resulta significativo porque ilustra hasta qué punto las narrativas religiosas pueden penetrar incluso en ámbitos institucionales altamente racionalizados, reforzando la percepción de que algunos conflictos contemporáneos se interpretan no solo como disputas geopolíticas, sino también como enfrentamientos cargados de significado simbólico y civilizatorio.
La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán ha vuelto a situar en el centro del debate internacional una cuestión que durante décadas muchos analistas consideraron superada: la influencia de las narrativas religiosas en la política internacional y en la toma de decisiones estratégicas.
Mesianismo político y liderazgo providencial
Entre las afirmaciones recogidas por la MRFF, la que mayor inquietud generó fue la idea, atribuida a algunos mandos, de que Donald Trump habría sido “ungido por Jesús para encender la señal de fuego en Irán, provocar el Armagedón y preparar su regreso a la Tierra”.
Más que una simple excentricidad marginal dentro del evangelicalismo estadounidense, esta formulación refleja una corriente teológica y política que desde hace décadas construye una narrativa providencial en torno al liderazgo político.
Diversas figuras influyentes del entorno religioso cercano a la administración han contribuido a reforzar este imaginario. El pastor John Hagee, uno de los principales referentes del sionismo cristiano en Estados Unidos, interpretó ante su congregación la guerra con Irán como «una señal de que nos acercamos al fin de los tiempos», afirmando que «proféticamente estamos en el momento justo».
Por su parte, Paula White, asesora espiritual de Trump durante años, ha defendido reiteradamente un apoyo incondicional a Israel dentro de un marco de interpretación profética de la política internacional.
Incluso dentro de la estructura gubernamental se observan ecos de esta sensibilidad religiosa. El secretario de Defensa Pete Hegseth, cristiano renacido, ha impulsado reuniones de oración en el Pentágono y participa en estudios bíblicos organizados en la Casa Blanca junto a predicadores que sostienen que “Dios bendice a las naciones que apoyan al Estado de Israel”.
Presentar a un líder político como instrumento divino destinado a desencadenar acontecimientos proféticos trasciende el terreno de la teología y entra en una forma de mesianismo político con implicaciones geopolíticas reales. La historia demuestra que los dirigentes envueltos en una aura providencial tienden a actuar con una convicción que reduce el espacio para la prudencia, el diálogo o la rendición de cuentas.
Cuando esa lógica alcanza al comandante en jefe del ejército con mayor capacidad militar del planeta, y cuando tales ideas llegan a resonar dentro de la cadena de mando, el riesgo deja de ser retórico para convertirse en una preocupación estratégica tangible.
La geopolítica de las religiones

Lo que está ocurriendo en torno a la guerra contra Irán no puede interpretarse únicamente como una decisión estratégica dentro del equilibrio militar de Oriente Próximo, forma parte de un fenómeno más amplio que diversos analistas han denominado “geopolítica de las religiones”, es decir, el estudio de cómo las creencias religiosas, las identidades civilizatorias y los discursos teológicos influyen en la política internacional y en los conflictos contemporáneos.
El geógrafo francés Yves Lacoste definía la geopolítica como el análisis de las relaciones de poder en el espacio geográfico. Cuando ese análisis incorpora el factor religioso (identidades confesionales, discursos teológicos o movimientos fundamentalistas) entramos en el terreno de la geopolítica de las religiones.
En este ámbito, la religión deja de ser únicamente unacuestión privada para convertirse en un factor de movilización política, legitimación del poder y construcción de identidades colectivas.
Durante gran parte del siglo XX, especialmente tras la Ilustración y la consolidación del Estado moderno secular, muchos pensadores asumieron que la religión perdería progresivamente su influencia política. Autores como Karl Marx, Émile Durkheim o Sigmund Freud interpretaron el fenómeno religioso como una estructura social destinada a debilitarse en sociedades cada vez más racionalizadas.
Sin embargo, a partir de la década de 1970 esta previsión comenzó a demostrarse errónea. El politólogo francés Gilles Kepel describió este proceso como “la revancha de Dios”, una reaparición global de la religión en el espacio público como reacción frente a la secularización y la crisis de las grandes ideologías del siglo XX.
El regreso de las narrativas civilizatorias
Tras el final de la Guerra Fría, muchos analistas creyeron que el mundo entraba en una etapa dominada por la globalización económica y la expansión de un orden liberal relativamente homogéneo. Sin embargo, las últimas décadas han demostrado que las identidades históricas, culturales y religiosas siguen siendo un elemento central de la política internacional y, en muchos casos, se han reforzado como instrumentos de movilización política.
Las religiones y tradiciones ofrecen algo que los discursos puramente estratégicos no siempre consiguen: un marco de significado profundo capaz de transformar conflictos políticos en misiones históricas o existenciales.
Estados Unidos y el imaginario del excepcionalismo
En el caso de Estados Unidos, la relación entre religión y política tiene raíces históricas profundas. Desde los primeros colonos puritanos que hablaban de construir una “ciudad sobre la colina”, el país ha desarrollado una narrativa de excepcionalismo que combina valores políticos con referencias religiosas.
Aunque la política exterior estadounidense se formula oficialmente en términos de intereses estratégicos, en determinados sectores del país (especialmente dentro de corrientes evangélicas) persiste la idea de que EE.UU. desempeña una misión providencial en la historia.
En ese contexto, no resulta extraño que ciertos discursos vinculen acontecimientos geopolíticos con interpretaciones religiosas del destino histórico o con lecturas escatológicas del conflicto en Oriente Próximo. Estas narrativas no necesariamente determinan la política exterior estadounidense, pero influyen en el clima político y en la forma en que parte de la opinión pública interpreta los conflictos internacionales
Israel y la dimensión existencial del conflicto
En Oriente Próximo, la intersección entre política, identidad y religión es aún más visible. En Israel, sectores del nacionalismo religioso incorporan con frecuencia referencias al concepto del “pueblo elegido” y a la dimensión histórica y espiritual del territorio.
Aunque el Estado de Israel es una democracia con instituciones laicas, la historia bíblica y la memoria colectiva judía siguen desempeñando un papel importante en la construcción de la identidad nacional.
En un entorno de conflictos recurrentes estas referencias refuerzan una percepción del conflicto como una lucha existencial por la supervivencia histórica del pueblo judío. Esta dimensión identitaria contribuye a explicar por qué determinados debates de seguridad adquieren en Israel una intensidad que trasciende el cálculo estratégico convencional.
Rusia y la idea de una civilización ortodoxa
En Rusia, el discurso civilizatorio ha sido recuperado con fuerza durante las últimas décadas. El pensamiento geopolítico asociado a Aleksandr Duguin y a otros ideólogos del llamado eurasianismo propone una visión del mundo basada en el enfrentamiento entre civilizaciones.
En esta narrativa, Rusia aparece como el núcleo de una civilización ortodoxa destinada a resistir la influencia del liberalismo occidental.
Desde el inicio de la guerra en Ucrania en 2022, el discurso del Patriarcado de Moscú se ha alineado estrechamente con el del Kremlin, reforzando dos grandes líneas narrativas: la sacralización de la guerra y la denuncia de un Occidente decadente que amenazaría los valores tradicionales de Rusia.
El propio Vladimir Putin ha recurrido en varias ocasiones a un lenguaje de fuerte contenido religioso para describir la misión del ejército ruso. En un discurso con motivo de la Navidad ortodoxa afirmó que los soldados rusos cumplen, «por mandato del Señor», la misión de defender la patria y salvar al pueblo ruso, lo que muestra hasta qué punto la religión puede convertirse en un instrumento de legitimación política y geopolítica, reforzando narrativas civilizatorias que presentan los conflictos contemporáneos como confrontaciones culturales y espirituales.
El mundo musulmán y la legitimidad religiosa
En amplias zonas del mundo musulmán, la relación entre religión y política forma parte estructural de la vida pública. En algunos casos, los gobiernos utilizan referencias religiosas para reforzar su legitimidad política. En otros, movimientos islamistas o grupos insurgentes recurren a la religión como marco de movilización frente a potencias extranjeras o regímenes considerados ilegítimos.
La respuesta iraní a los ataques de Israel y EE. UU, mediante el lanzamiento de misiles y drones contra países vecinos de mayoría sunita aliados de Washington, ha vuelto a poner de manifiesto que las tensiones políticas y religiosas tradicionales de Oriente Próximo siguen vigentes.
La histórica división entre suníes y chiíes continúa siendo un elemento clave para comprender la rivalidad entre Irán y Arabia Saudita, dos potencias que compiten desde hace décadas por la influencia regional. Irán es mayoritariamente chií, mientras que Arabia Saudita se considera la principal referencia del islam sunita, lo que añade una dimensión religiosa a su competencia estratégica.
Este episodio refleja que, aunque los conflictos de Oriente Próximo responden también a intereses geopolíticos, la religión sigue funcionando como un poderoso elemento identitario y de legitimación política que influye en la movilización y en las alianzas de los distintos actores de la región.
Geopolítica y religión en el siglo XXI
El sistema internacional contemporáneo parece avanzar hacia una etapa en la que intereses estratégicos, identidades culturales y narrativas religiosas se entrelazan de forma cada vez más compleja. Lejos de desaparecer con la modernización, la religión sigue desempeñando un papel relevante en la construcción de identidades colectivas y en la legitimación del poder político.
La guerra entre EE. UU, Israel e Irán ilustra con claridad esta dinámica. Más allá de sus dimensiones militares, el conflicto refleja el retorno de discursos civilizatorios en la política internacional, donde distintos actores utilizan referencias culturales o religiosas para movilizar a sus sociedades.
“Cuando los conflictos se interpretan como parte de un designio histórico o divino, la lógica estratégica pierde espacio frente a la lógica del dogma. En ese escenario, el adversario deja de ser un actor con el que negociar y pasa a convertirse en un enemigo moral absoluto, lo que reduce drásticamente las posibilidades de compromiso y hace que los conflictos sean mucho más difíciles de contener o resolver.”
Este fenómeno no implica necesariamente que el mundo se encamine hacia un choque inevitable de civilizaciones. Pero sí revela que la dimensión simbólica, cultural y religiosa de los conflictos está adquiriendo una importancia creciente en la geopolítica del siglo XXI.


