Juan Carlos Rodríguez Ibarra
El problema de la desigualdad no es un problema de crecimiento económico, sino de educación. La economía es un presupuesto necesario, pero no sirve si no está acompañada de una educación de calidad. Es un error creer que todos los problemas de la sociedad se resuelven con crecimiento económico: el crecimiento no resuelve la pobreza. La pobreza la resuelve la educación. España crece económicamente y, sin embargo, aumentan las desigualdades.
La mala calidad de la educación produce la desigualdad social porque condena a la marginación a una buena parte de la población. Los hijos de familias modestas, marginales o inmigrantes y los pobres que, sobre todo, viven en ciudades son expulsados de sus escuelas por un sistema educativo que no sabe o no quiere retenerlos. En España tenemos la costumbre de hacer repetir curso a los alumnos con bajo rendimiento, como si fuera culpa exclusiva de ellos, y no del sistema escolar. Los alumnos que repiten curso entran en una espiral negativa que termina induciéndolos a abandonar la escuela.
En algunos países, como Finlandia, se invierten enormes recursos en apuntalar a los estudiantes más débiles para no hacerlos repetir curso. En Finlandia los alumnos con bajo rendimiento reciben atención personalizada de parte de “maestros especiales” en sus escuelas, y si a pesar de eso no logran seguir el ritmo de sus compañeros de clase, son enviados a escuelas de educación especial donde pueden completar sus planes de estudio con sistemas de aprendizaje apropiados pare ellos.
Si los alumnos de bajo rendimiento – en general de los sectores marginados de la sociedad- son reprobados e inducidos tarde a temprano a abandonar la escuela, por más que la economía crezca, la mayor parte de los pobres no podrán salir de la marginación.
En la España franquista, la educación, en lugar de ser una fuente de igualdad, era una fuente de desigualdad. Cuando la educación no funciona, los principales beneficiarios del crecimiento económico son los trabajadores cualificados, y la desigualdad crece. La democracia y los gobiernos socialistas se dedicaron desde hace varias décadas a mejorar la calidad educativa de todos, para darles a los más pobres las mismas oportunidades de ascenso social.
En Finlandia los maestros ganan sueldos como los ingenieros y tienen un status social envidiable –solo 10% de los alumnos con los mejores promedios en la secundaria pueden entrar en la carrera docente en la universidad-, mientras que en España ocurre al revés: muchos de quienes entran en la docencia son quienes por diversos motivos no lograron estudiar abogacía, medicina o ciencias económicas. No resulta fácil ser admitido en la Escuela de Educación de la Universidad de Helsinki: tan solo uno de cada 10 aspirantes logra ingresar a ésta o a alguna de las otras universidades acreditadas para cursar la carrera.
La clave son los maestros. En Finlandia hay un maestro por cada 12 alumnos y un maestro en un cuarto contiguo esperando a los alumnos más rezagados para darles clases particulares gratuitas.
Uno de las medidas que se deberían poner en marcha sería la creación de “maestros especiales”, encargados de dar clase personalizadas a aquellos alumnos que siguen sin comprender cabalmente una clase. Los maestros o maestras especiales, que por lo general deberían ser los de mayor experiencia y tener estudios de postgrado más allá de su graduación, tienen un aula separada, donde dan clases personalizadas a los alumnos – de uno o dos a la vez- con las calificaciones más bajas. El número de clase personalizadas puede variar de una a la semana a dos o a tres. Si después de las clases personalizadas persisten las bajas calificaciones, el maestro llama a los padres y elaboran una estrategia común para mejorar el rendimiento en clase. La idea es que ningún niño se quede atrás. Los niños deberán seguir en la misma clase, con sus mismos amigos, con las mismas metas y el mismo currículum educativo de todos los demás.
En España ese sistema es rechazado por ir contra la inclusión. El resultado es que esa falsa “inclusión” ni favorece a los rezagados ni beneficia al resto del alumnado.
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