Hace 90 años de aquella fecha fatídica, cuando los españoles se enzarzaron en una guerra sin cuartel. La insurrección militar, como es sabido, se inició el día 17 de julio por el ejército de África y cogió desprevenido al gobierno de la República. Un gobierno que había cometido la imprudencia, meses atrás, en una combinación de mandos, de enviar a Franco a Canarias -a dos pasos del Marruecos español- y a Emilio Mola a Pamplona, la Meca del carlismo. Los dos focos principales de la insurrección. Un gobierno exclusivamente formado por republicanos, políticamente débil, zarandeado desde febrero a derecha e izquierda, que reaccionó tarde y mal al desafío.
En los días que siguieron, la sublevación se corrió a la Península con un resultado desigual, con más fracasos que éxitos. El ejército se dividió. Según Gabriel Cardona, solamente se alzaron cuatro de los dieciocho generales de división (Franco, Goded, Queipo y Cabanellas). El golpe fue protagonizado, sobre todo, por los jefes (18 de los 32 generales de brigada), el 80% de los oficiales y la mitad, aproximadamente, de los sesenta mil hombres que formaban en las fuerzas de policía y guardia civil. Esta fractura impidió un desenlace rápido del levantamiento. España quedó irremediablemente partida en dos. La suerte, la audacia -como en Sevilla- dio el triunfo a los alzados. En regiones como Galicia o Castilla la Vieja, los militares triunfaron sin demasiado esfuerzo en un contexto social favorable. La combatividad de los anarquistas y el apoyo de una parte de la fuerza pública ganaron la partida en las calles de Barcelona. Algunas imágenes han quedado en la memoria común: la del asalto al cuartel de la Montaña y las escenas vividas en el patio, sembrado de cadáveres; la de un miliciano joven, proclamando la victoria desde un balcón, como diciendo: venid, coged los fusiles, Uno de los mejores testimonios del asalto al cuartel fue el del novelista Arturo Barea, En la forja de un rebelde:
“En la galería más alta apareció un hombre gigantesco, llevando en las manos, sostenido en alto, un soldado que agitaba el aire con las piernas. El gigante gritó:
–¡Allá va eso!
Y lanzó el soldado al espacio. Cayó dando vueltas en el aire como una muñeca de trapo y se estrelló en las piedras con un golpe sordo. El gigante levantó los brazos:
–¡Voy por otro! –aulló”.
La plaza del Castillo, en Pamplona, abarrotada de voluntarios carlistas en perfecta formación militar, a punto de moverse hacia el combate. La lucha en Barcelona retratada por Agustí Centelles, la fotografía de unos guardias de asalto disparando tras el parapeto de unas caballerías muertas; los automóviles y camiones recién requisados, corriendo alocados por todas partes, pintados con las siglas: UHP, CNT-FAI. Días repletos de acontecimientos, que fueron narrados al por menor en el libro de Luis Romero: Tres días de julio (1967). La sublevación fue un fracaso, desde cierto punto de vista, o un éxito a medias, desde otro. Grandes zonas geográficas quedaron el poder de los rebeldes. Las áreas más pobladas y más ricas, en el de la República, denominación que muy pronto cubrirá una variedad de milicias anarquistas, socialistas, republicanas o del POUM. El poder hecho cisco. En la otra zona, aunque predominaban los militares, era notable la variedad de milicias carlistas, falangistas, monárquicas. Eugenio d´Ors observó, al entrar en la llamada zona nacional, la afición a los uniformes, “siempre que sean multiformes”. El caos era más aparente que real.
El recuerdo del 18 de julio se mantuvo durante el franquismo. La guerra civil era la fuente absoluta de la legitimidad del régimen. Todavía persiste en la memoria esa fecha, aunque ya atenuada. Aunque todavía hay gente interesada en reavivar los rescoldos del enfrentamiento. Sin que falten los que reviven los hechos tratando de enmendar a la historia, emulando a aquel personaje de Galdós, Tito Liviano, que narraba los acontecimientos no como fueron, sino tal y como debieron ocurrir. Espectáculo épico, mirado con entusiasmo retrospectivo: la minoría de valientes que desafían al destino, rescatando a España del abismo creado por la “hidra liberal”; el pueblo armado en lucha justiciera con sus poderosos enemigos ancestrales. Unas perspectivas que olvidan los aspectos más sórdidos y crueles de una guerra civil.
Detrás de estas reacciones primarias vino el examen más pausado de los historiadores, a veces deudoras de esas visiones épicas. Naturalmente, se han matizado o desdeñado algunos de los argumentos usados por los contendientes. El mito de la conspiración bolchevique, presentando el levantamiento como un golpe preventivo, fue uno de los primeros en caer por falta absoluta de fundamento. Otro mito, el de la Cruzada en defensa del catolicismo y la civilización occidental fue disolviéndose poco a poco, por insostenible (Herbert R. Southworth escribió un libro titulado El mito de la cruzada de Franco, 1963). El mito más resistente acaso ha sido el de la legitimidad del gobierno en plaza, elegido en las elecciones de febrero de 36. Legitimidad que, vista en perspectiva, se vuelve dudosa. Fueron fuerzas y partidos de izquierda – ¡y la benevolencia republicana! – los primeros que se alzaron contra la legalidad republicana en octubre de 1934, hasta provocar una auténtica revolución en Asturias, con el resultado de miles de muertos, aparte del intento secesionista de la Generalitat de Cataluña. Una revolución lanzada a tontas y a locas, sin preparación, sin objetivos claros. Una revolución que provocó un odio y un ansia de revancha que contribuyó al desenlace posterior. Y todo porque suponían que la CEDA iba a terminar con la República e instaurar un régimen corporativo, “fascista”, a imitación de sus colegas austriacos. Suponían. Pero el acceso de la CEDA al gobierno, con cinco ministros, ni siquiera le fue concedida la presidencia, era un resultado del juego parlamentario. No sirve decir que la republica era un coto cerrado, negocio exclusivo de republicanos -en ese sectarismo llegó a comulgar el propio Azaña-. La República debió ser un régimen político que abarcara a todos, incluso a los que defendían la “accidentalidad” de las formas de gobierno, siempre y cuando no trataran de subvertirlo por la fuerza.
Más aún: a raíz de las elecciones del Frente Popular, se desencadenó una dinámica violenta, al margen de toda legalidad, tanto en el campo como en las ciudades. Salieron a la brava los presos de las cárceles, incluso los responsables de acciones sangrientes. Volvieron los incendios de iglesias, las ocupaciones ilegales de tierras, las huelgas sin fin, los atentados. La fragmentación de la autoridad anticipó la que tendría lugar a raíz de julio. Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío lo han descrito en su libro magnífico, Fuego cruzado (2024). Se retocaron de manera fraudulenta los resultados electorales para que la mayoría indiscutible del Frente Popular fuera más abultada. La coacción se puso a la orden del día. En el cruce de disparos -falangistas e izquierdistas de por medio- se llegó al asesinato de uno de los jefes de la oposición. Hoy resulta fácil bromear sobre el “protomártir”, pero es terrible recordar que el asesinato fue perpetrado por fuerzas del Estado -guardias de Asalto y Guardia civil- y que los autores -el capitán Fernando Condés y el pistolero miembro de la guardia de asalto Luis Cuenca- fueron recibidos y amparados por sus jefes, Margarita Nelken, Julián Zugazagoitia e Indalecio Prieto. que lo era de la milicia llamada La Motorizada. De una fanática como Nelken -recién llegada de un viaje a Rusia- podría esperarse esto, ¿pero cómo gente racional y, en el fondo, moderada como “Zuga” o “don Inda” pudieron callar y abstenerse de denunciar a los autores del crimen? ¿A qué extremos había llegado el fanatismo partidista? Un gobierno, por muy legítimo que se diga, pierde los atributos de tal cuando bajo su imperio se cometen tales desmanes, cuando se muestra débil e incompetente, cuando es incapaz de garantizar la paz y la vida de los ciudadanos, reprimiendo selectivamente a las derechas y absteniéndose de hacerlo a las izquierdas, y ello a lo largo de toda la primavera de 1936. Esa lenidad del poder no justifica en modo alguno la sublevación, que provocó males nuevos -nada menos que una revolución- aparte de los que quería evitar. Simplemente ayuda a poner los acontecimientos en el contexto adecuado.
Los militares conjurados hubieran seguido adelante con sus planes, con o sin el asesinato de Calvo Sotelo. La conspiración tenía raíces lejanas. Podríamos decir que las tramas conspirativas se inician desde 1931. La sanjurjada de 1932 fue un anticipo fallido del malestar militar. Los uniformados planearon, en las instrucciones que escribió Mola, un alzamiento rápido y de una violencia inusitada, en que el terror buscado deliberadamente fuera capaz de paralizar a un enemigo fuerte y determinado. Desde el principio de su acción no dieron cuartel a los opositores, reales o presuntos. Sindicalistas, alcaldes y concejales, votantes y militantes de los partidos de izquierda o meramente republicanos fueron pasados por las armas, en una orgía de violencia. Incluso sus compañeros de armas, aquellos que demostraron lealtad o tibieza ante el golpe fueron liquidados sin piedad.
Suele oponerse el terror ejercido desde abajo, informe y desorganizado de la zona republicana, al terror sistemático, ejercido desde arriba por tribunales militares. Y se usa este argumento como si disculpara o atenuara el primero, como si fuera menos detestable. “Asesinatos por asesinatos, si los ha de haber, estoy por los del pueblo”, escribió Mariano José de Larra con un siglo de anticipación (Dios nos asista, 1836). La República tuvo defensores, intelectuales como María Zambrano, Rafael Alberti o José Bergamín que no estuvieron lejos de abrazar la máxima de Larra. Que titularon “A paseo” una sección de su revista El Mono Azul, cuando pasear significaba el tiro en la frente; que disculparon la quema de iglesias y el asesinato de sacerdotes y religiosos como un mal para la Iglesia pero un bien para el cristianismo, al fin purificado de la escoria clerical. ¿Qué más da de dónde venga, sea quien sea el organizador de la masacre? La República también tuvo sus tribunales revolucionarios, su parodia de justicia. Pero el resultado no varió en uno y otro lado. Mataron más los que tuvieron más tiempo para matar, los vencedores, que prolongaron las represalias feroces después del conflicto.
Los militares se movieron con velocidad, garantizándose el apoyo casi inmediato de las potencias fascistas: armas, aviones, técnicos. Con ello, pudieron avanzar con rapidez en los primeros meses de la guerra, haciendo muy difícil, si no imposible, la reducción de la sublevación. El bando franquista construyó desde el principio del conflicto, desde el punto de vista político y militar, las bases para ganar la guerra. Centralización del poder y prioridad absoluta a la batalla. Todo lo contrario del bando republicano, siempre dividido en facciones, dudando muchos entre hacer la revolución o ganar la guerra. Algunos historiadores, como Ángel Viñas, han dado una importancia decisiva a la “soledad” de la República, a la falta de apoyo, la cicatería y timidez culpable del Reino Unido y Francia. En el Reino Unido comenzaba a imponerse la política del apaciguamiento: evitar la guerra accediendo a ciertas reivindicaciones territoriales del régimen nazi. Timidez, falta de generosidad, anticomunismo visceral, desconocimiento de la naturaleza del fascismo. Francia, sabiéndose débil y dividida, no se atrevía a despegarse del paraguas de seguridad inglés, volvió sobre sus intenciones primeras e inventó la política de no intervención. Eso es cierto. Pero en el caso improbable de que hubieran accedido a suministrar armas a la República, ¿en manos de quién hubieran acabado? Desintegrado el ejército regular, ¿qué facción hubiera aprovechado ese armamento? Cuando comenzaron a llegar por el puerto de Cartagena las armas soviéticas, mediado octubre, escribe Ángel Viñas, “a los militares españoles no se les permitía tocar el material soviético. Incluso se prohibía el acceso a los oficiales”. En el bando de los insurrectos había una autoridad clara y definida, que era la del propio Franco, adoptado como interlocutor principal desde el comienzo de la guerra. Franco y no la Junta de Defensa Nacional. Él fue quien recibió los primeros Junker 52 alemanes y los Savoia Marchetti italianos, aviones que le ayudaron a transportar las tropas coloniales a la península e iniciar la marcha sobre Madrid. Franco, militar perspicaz, tuvo en sus manos el liderazgo desde los primeros días de la sublevación. Pero en el territorio republicano, el derrumbamiento del Estado había provocado una revolución social, de una intensidad poco vista en el mundo europeo; el poder estaba en cada camión de milicianos, en cada puesto de control en los caminos, en cada columna que, de manera un tanto anárquica, se dirigía a los indecisos frentes de combate. ¿A cuál de estos poderes -anarquistas, trotskistas, socialistas, comunistas-debían armar las potencias democráticas, yendo en contra de sus principios ideológicos más elementales? El asunto del suministro de armas solamente se enderezó cuando hubo un valedor -la URSS- que pudo enviar a su propio personal técnico y el interlocutor político estuvo claro: sobre todo el PCE.
El golpe del 18 de julio no triunfó en las principales ciudades españolas. La mayoría del territorio quedó en manos republicanas. Aun así, la suerte de la República acabó por sellarse a las pocas semanas de la insurrección, pese a las apariencias. Esta postura de “no intervención” fue reforzada, justificada por el espectáculo de la retaguardia republicana, divulgada por la prensa europea. Anarquistas decididos a purificar mediante el asesinato a los mantenedores -empresarios, curas, derechistas- de la vieja sociedad. Patrullas de control dueñas de la noche, sembrando las cunetas de cadáveres al filo del amanecer. Delincuencia común a menudo disfrazada de fervor político. Los llamados “incontrolados” estaban más organizados de lo que parece -sedes, armamento y cobertura política- y pertenecían, con distinto énfasis represivo, a todos los partidos, incluidos ¡válgame, Dios!, la Izquierda Republicana.
Violencia. Sectarismo. Subdesarrollo económico. Tradición pretoriana de las fuerzas armadas. Debilidad de la autoridad estatal. Odio religioso y clerofobia asesina. Antagonismos y rencores sociales abismales. Culturas políticas antidemocráticas, a derecha e izquierda. Situación internacional inestable. Ese fue el contexto nacional e internacional del 18 de julio de 1936. Hay quien tiende a embellecer a los protagonistas del desastre. Unos los llaman “luchadores por la libertad y la democracia”, Mentira. Casi nadie luchó por la libertad. Los amantes de la libertad, por citar a los intelectuales, fueron silenciados o marcharon al exilio; un exilio que comienza en plena guerra, el de Ortega, Marañón, Chaves Nogales, Moreno Villa, Salinas, etc. Lo que algunos llamaban democracia, en el ardor del combate, no iba más allá del gobierno de los del bando propio. Defensores de la dictadura del proletariado, del socialismo, de Cristo Rey o del fascismo. Tanto da.
Una cosa que suele olvidarse. Esa fecha infame, el 18 de julio del 36, fue celebrada durante la guerra por ambos bandos. Para unos, era el comienzo del resurgir nacional, después de siglo y medio de decadencia liberal. El catolicismo defendido, el orden y la propiedad amparados. Para otros, significaba el necesario vuelco social, principio de esperanzas mesiánicas, el reino de la igualdad y el comienzo del “hombre nuevo”, liberado de las ataduras burguesas. En el fondo, en el borrón y cuenta nueva, unos y otros se parecían demasiado.


