Carlos Miranda
Embajador de España
La hipocresía se ha adueñado hace tiempo de los políticos. No solo en España. También en la Unión Europea. La Presidenta de la Comisión Europea, Von del Leyen, acordó este verano con Trump un acuerdo arancelario entre la UE y los EEUU. La Comisión es la encargada de las relaciones comerciales de la Unión con el resto del planeta. El acuerdo señala básicamente que las exportaciones europeas a los EEUU soportarán unos aranceles americanos de un 15 % en todos los productos salvo excepciones.
De no haber firmado este acuerdo, fruto de una negociación, a partir del primer día de agosto habríamos estado inmersos en una guerra comercial con los EEUU, desastrosa para Europa y en la que Trump habría impuesto unos aranceles para los productos europeos del 30 % o superiores en algunos casos. El resultado pactado puede ser doloroso y disgustar, pero sin dejar de ser criticable parece aconsejable medir las críticas y acompañarlas de soluciones, de remedios, ya que si la UE ha tenido que aceptar una imposición norteamericana es en buena medida porque la Unión es culpable de su propia debilidad frente a los EEUU.
Las críticas a Von der Leyen fueron del día de después y eso tiene una explicación: si se hubieran hecho antes, la Presidenta de la Comisión no hubiera podido firmar y tendríamos esos aranceles del 30% o más. Más hipocresía es difícil. No obstante, se puede compartir la afirmación por parte del Presidente francés, Emmanuel Macron, acerca de la falta de vigor de la UE respecto de los EEUU, porque somos fuertes económicamente frente a los demás Estados incluida Rusia, salvo, en este último caso, en materia de defensa, lo que nos condiciona con los EEUU.
Llevan los europeos beneficiándose de la dedicación estadounidense a una Europa democrática desde que, salvando las reticencias aislacionistas de su país, el Presidente Franklin D. Roosevelt involucró bélicamente a los EEUU contra la Alemania de Hitler y demás fuerzas del Eje. En España hay abstracción de ello porque siempre estamos en otro mundo.
En Europa puede haber olvido, pero sin los americanos (y los rusos al Este) los nazis no hubieran sido derrotados. Luego vino más ayuda desde Washington, entre ella el Plan Marshall que reconstruyó la Europa occidental, no la sometida a Rusia (ni España por Franco) o la OTAN para protegerla de las apetencias territoriales de los rusos entonces bajo el manto comunista e imperialista de la URSS.
Es más, sin la protección de la OTAN, la UE no habría podido nacer ni desarrollarse y por ello, a falta de una verdadera y suficiente defensa autónoma europea, la Alianza Atlántica sigue siendo la defensa de la Unión Europea. Por eso, ahora que pasa el cobrador del frac americano, que ya venía avisando desde hace varias décadas ante la sordera europea, los países miembros de la UE debieran hacer dos cosas:
En primer lugar, los gobiernos de la UE debieran afanarse ya en conseguir un tratado constitutivo de un Estado Federal Europeo. O se actúa con decisión, con atrevimiento y arrojo, como cuando se pusieron los cimientos de la actual UE, o seguiremos lamentándonos con las manos vacías. Si no lo consiguen nuestros líderes europeos es que no saben, no pueden o no quieren. En tal caso sería mejor dejar de llorar por nuestras debilidades y asumirlas.
En segundo lugar, hay que propulsar un líder europeo para este proyecto. Macron estará disponible a partir de 2027, pero hay otros probablemente más aceptables como Mario Draghi o Enrico Letta y algunos más. Sánchez perdió ya sus iniciales credenciales europeas por hablar inglés. Ya saben quién es. Incluso con la urgencia predicada en estas líneas, las cosas cogen su tiempo, si bien deben partir de un aldabonazo ya, antes de llegar a 2026 o durante el próximo año a más tardar.
¿Sueño o precipitación? Llámenlo como quieran, pero repasen sus libros de Historia y verán que los buenos proyectos requieren involucrarse, mojarse y no amendrentarse ante los obstáculos. Así empezó la UE, poniendo de acuerdo con la CECA a eternos enemigos como Alemania y Francia apenas acabada la guerra mundial. Por eso luego fue un Mercado Común, unas Comunidades Europeas y, ahora, una Unión Europea.
Es el momento de añadir el carácter federal. Está en nuestras manos si no nos arrugamos, imprimiendo este carácter al Parlamento, que ya tenemos en Bruselas (y Estrasburgo), a un Senado (un Consejo Europeo remodelado) y a un Presidente con poderes ejecutivos además del Tribunal Europeo que también tenemos.
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