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jueves 29 octubre, 2026

La derecha de la derecha y la izquierda de la izquierda

El título nace de una inquietud: la impresión de que acudimos a unas elecciones con dos bloques que parecen dar por cerrada, antes de conocer el resultado, cualquier posibilidad de negociar entre sí para gobernar. No me refiero solo a la dificultad de alcanzar un acuerdo, sino a algo anterior y más elemental: la posibilidad misma de hablar cuando comience la nueva legislatura. A mí, por los años que llevo vividos, me parece un comienzo desolador. Una convocatoria electoral debería abrir un tiempo de decisiones y posibilidades, no anticipar una conversación clausurada. Si el nuevo Parlamento nace con esa puerta cerrada, ¿qué espacio quedará para buscar respuestas compartidas a los problemas del país? Esa es la preocupación que da sentido a estas páginas.

El título de este artículo no es un capricho ni pretende descalificar: propone una lectura del mapa político ante las elecciones generales del 29 de noviembre de 2026. La disputa por formar Gobierno se plantea en términos de bloques: PP y Vox, por un lado; PSOE y las distintas candidaturas de izquierda, por otro, con las fuerzas de ámbito territorial presentes en la aritmética parlamentaria, pero a veces con intereses ajenos al general de España.

Hablar de dos bloques no debería significar, por tanto, que solo existan dos opciones electorales, ni que todas las formaciones de cada espacio compartan candidatura o programa. Define un marco de competencia, no un catálogo completo de identidades.

Pero la realidad a la que nos enfrentamos es otra. La pregunta que abre este artículo es qué permite comprender ese marco y qué diferencias deja fuera de foco. Deja fuera del foco, en este comienzo, la imposibilidad de acudir a acuerdos transversales.

Además, el líder “in pectore” de las izquierdas actuales, y futuras, Pedro Sanchez, se dispone, al comienzo de cada mitin, en dejarlo claro. Para unos y para otros está a punto de consumarse, sino se ha producido ya, la división del país.

La pluralidad no se mide por el número de siglas, sino por el espacio que queda para discrepar. Conviene recordarlo al mirar hacia la Transición. El 15 de junio de 1977, España celebró sus primeras elecciones generales libres desde 1936. Según la documentación del Congreso de los Diputados, concurrieron 586 candidaturas en el conjunto de las circunscripciones. Aquella convocatoria abrió el proceso constituyente: la diversidad dejaba de ser una aspiración para entrar en las urnas y en las instituciones.

Preguntas sobre pluralidad y autonomía

Separados los hechos de su interpretación, quedan preguntas generales que pueden plantearse ante cualquier organización o alianza actual: ¿cómo se deciden las posiciones comunes y qué participación tienen sus integrantes? ¿Qué procedimientos permiten expresar una discrepancia sin quedar fuera del debate? ¿Qué mecanismos hacen posible revisar una decisión y exigir explicaciones? ¿Cómo se compagina la coordinación con la autonomía de criterio? Las respuestas requieren examinar reglas y prácticas concretas; la cronología, por sí sola, no las resuelve.

No hace falta convertir aquellos años en una edad de oro. La abundancia de candidaturas no garantiza por sí sola un debate de calidad, como tampoco la existencia de varias voces asegura que todas puedan hacerse oír. Pero ese precedente permite formular una pregunta incómoda: ¿qué valor tiene la diversidad cuando el acuerdo exige aparcar el criterio propio? Si discrepar se interpreta como deslealtad, la unidad deja de ser un punto de encuentro y empieza a funcionar como una exigencia de silencio.

Las Cortes elegidas en 1977 aprobaron la Constitución que sería ratificada en referéndum el 6 de diciembre de 1978. La referencia histórica importa porque sitúa el debate en su terreno: construir un marco compartido no equivale a borrar las diferencias. Confundir cohesión con obediencia empobrece cualquier proyecto común. Un acuerdo adquiere valor cuando reúne criterios distintos, no cuando evita que se expresen.

El liderazgo merece examinarse con esa misma exigencia. Puede ordenar una discusión y facilitar decisiones; no debería sustituir el razonamiento de quienes participan en ella. La prueba no está en la cantidad de adhesiones, sino en la posibilidad de hacer preguntas, señalar contradicciones y pedir explicaciones. Cuando esas prácticas se vuelven incómodas, algo esencial se pierde: la capacidad de corregir el rumbo antes de que el error se transforme en costumbre.

La cuestión, por tanto, no es escoger entre liderazgo y dispersión. Es distinguir una voz de referencia de una voz que ocupa todo el espacio. La memoria de 1977 no sirve para certificar que el pasado fue mejor; sirve para recordar la importancia de poder elegir y expresar diferencias. La pluralidad necesita algo más que presencia: necesita autonomía. Sin ella, el diálogo se reduce a una puesta en escena y el propósito común corre el riesgo de convertirse en asentimiento.

El diálogo más difícil no es el que se mantiene dentro del propio bloque para reunir los apoyos necesarios y seguir gobernando. Estar en el poder, y asegurar su continuidad es un pegamento inmejorable. Ese diálogo tiene su función, pero no agota lo que una democracia necesita. El más exigente es el transversal: el que obliga a escuchar al otro lado, a discutir sin negar la legitimidad de quien discrepa y a buscar acuerdos sin borrar las diferencias. Es ahí donde el diálogo puede enriquecer la democracia y abrir posibilidades para el futuro del país.

En estos tiempos, y ante un futuro que no invita al optimismo, mantener esa ventana abierta de par en par resulta primordial. No como un gesto de cortesía ni como una tregua de ocasión, sino como una disposición real a conversar entre bloques. El país no termina en los límites de ninguna mayoría, y su futuro tampoco debería quedar encerrado en ellos. Ese diálogo difícil no pertenece solo a quienes negocian: importa al conjunto de la ciudadanía, porque lo que está al otro lado de la ventana es un porvenir que todos tendremos que compartir.

No sigamos por la senda de enardecer a los nuestros repitiendo que con el otro bloque no se puede hablar de nada. Defender las propias convicciones no exige clausurar la conversación. Si cerramos de antemano toda posibilidad de encuentro, esa ventana abierta será solo una imagen, no un compromiso. El diálogo difícil empieza precisamente donde termina la comodidad de hablar únicamente con quienes ya nos dan la razón.

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