sábado 18 julio, 2026

★★★½ | He-Man: la épica aventura de volver a ser niños

Hay películas que aspiran a cambiar la historia del cine y otras que simplemente quieren recordarnos por qué nos enamoramos de él. La nueva aventura cinematográfica de He-Man pertenece orgullosamente al segundo grupo, y precisamente ahí reside gran parte de su encanto.

Travis Knight tenía una tarea complicada; para muchos, algo absolutamente imposible: adaptar a la gran pantalla unos personajes que forman parte de la memoria colectiva de toda una generación sin traicionar su esencia y, al mismo tiempo, hacerlos funcionar para el público actual. Lo sorprendente es que lo consigue sin complejos, abrazando aquello que hizo grande a Masters of the Universe desde el principio: su sentido de la aventura, su imaginación desbordante y su capacidad para hacernos reír y soñar.

Vivimos tiempos extraños para la cultura popular. Parece que muchas adaptaciones sienten cierta vergüenza de sus orígenes y necesitan justificarse constantemente. He-Man, afortunadamente, hace justo lo contrario. Acepta con orgullo que nace de aquellos maravillosos dibujos animados que acompañaban una línea de juguetes de Mattel y convierte esa herencia en una de sus mayores fortalezas.

Si alguien entra en la sala esperando una revisión oscura, cínica o excesivamente trascendental, probablemente se encuentre viendo la película equivocada. Porque aquí lo que importa es la diversión. Y sí, hay humor. Mucho humor. Pero del que nace de entender perfectamente quién eres y de tener la, cada vez más escasa, virtud de no tomarte demasiado en serio. Algo que, por cierto, muchas superproducciones actuales harían bien en aprender.

Nicholas Galitzine compone un He-Man convincente, heroico, cercano y terrenal, alejándose del simple estereotipo musculado para dotar al personaje de humanidad. A su alrededor encontramos un reparto que transmite una sensación constante de complicidad, como si todos hubieran disfrutado enormemente dando vida a estos personajes. Y esa energía termina traspasando la pantalla.

La película tiene defectos, por supuesto. Algunas decisiones narrativas podrían haberse desarrollado mejor y determinados pasajes resultan algo desdibujados. Pero, sinceramente, son reparos menores frente a una propuesta que nunca pierde de vista su objetivo principal: entretener. Algo que parece sencillo, pero que cada vez resulta más difícil de encontrar.

Quiero detenerme especialmente en su extraordinaria banda sonora. Hay partituras que acompañan las imágenes y otras que las elevan. Esta pertenece claramente al segundo grupo. Es imposible no sonreír mientras su música nos transporta a ese territorio mágico donde convivían héroes imposibles, castillos misteriosos, villanos memorables y aventuras que deseábamos que nunca terminaran.

Y, hablando de villanos, Skeletor es sencillamente magnífico. Un auténtico robaescenas que entiende a la perfección el delicado equilibrio entre amenaza, carisma y sentido del espectáculo. Cada aparición suya recuerda por qué sigue siendo uno de los grandes iconos de la fantasía popular.

Quizá lo que más me gusta de esta película es que no pretende pedir perdón por existir. No busca disfrazarse de algo que no es ni esconder sus referentes. Tiene alma de dibujo animado de los ochenta, de juguete recién sacado de la caja, de tardes interminables imaginando mundos imposibles en el salón de casa. Y eso es, precisamente, su mayor virtud.

Ojalá este sea el comienzo de una larga etapa para He-Man en el cine. Los créditos finales parecen apuntar en esa dirección. Porque a veces olvidamos que una película no necesita reinventar el medio para merecer la pena. A veces basta con hacernos sonreír, despertar nuestra imaginación y recordarnos que todavía quedan historias capaces de conectar con el niño que llevamos dentro, tengamos 5 o 99 años.

Y creedme: cuando se encienden las luces de la sala, uno sale con la sensación de haber recuperado, durante un par de horas, una parte muy valiosa de sí mismo.

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